EL OLOR DE LA DESPEDIDA
¿Por qué nos cuesta tanto desprendernos de nuestro pasado? si cuando fue presente no nos importó estarlo desperdiciando, incluso lo disfrutamos sin darnos cuenta, entonces estando allí, empacando todo lo que alguna vez fue novedad, ese regalo, esa blusa nueva que tanto nos gustaba... de repente estornudamos, somos alérgicos a la nostalgia que trae la película en retrospectiva. Estornudar es muy molesto, nuestros ojos se ponen rojos, la nariz se llena de esa sustancia pegajosa que suelen llamar mocos, incluso los ojos lagrimean, seguro no querríamos que nuestro eterno enamorado observara como nuestro cuerpo intenta protegerse de lo que tanto le hace daño.
Nos cuesta dejar ir, porque la mayor parte de las veces los principios nos asustan, el estar solos, el palpar que estamos en un lugar que nos sentimos nuestro, que no pertenecemos a él, ni él a nosotros, desconocer las personas hace que dejemos de percibir la calidez que aunque disimulada siempre hay en cada una de ellas, Así que la alternativa podría ser permanecer en el mismo sitio, detener el tiempo, no alborotar sensaciones, pero ¿qué más tendría ese lugar que ofrecernos? No tienes nuevas calles por conocer, es verdad que cada una de ellas reproducen un corto, que te hace sonreír, respirar libremente, aspirar y sentir que ese ambiente es tuyo, que él y tú conforman una misma sinfonía, entonces tu corazón se siente lleno. Conoces esas calles, esas personas, ese olor peculiar del ambientador de tu vecino, incluso te alcanza la melancolía al pensar que ya no tendrás que sacar de tu casa a ese molesto gato que se comía tu almuerzo, rompió el florero, dañó ese gran sofá rojo en el que amabas sentarte a ver la televisión, y que además orinó tu cama... incluso extrañarás el portero, ese que te vio con cara de juez cuando llegaste a casa a la madrugada. Son recuerdos bellos sin duda, pero ya están gastados y descoloridos y tu alma y tu juventud reclaman nuevas historias, nuevas aventuras, experiencias y personas, una nueva vecina chismosa y disgustos en diferentes envases; y si tu alma y tu historian los piden a gritos ¿por qué negarse?¿Por qué estar triste?
El adiós huele a flores secas, a ambientador artesanal, a risas lejanas, fotografías opacas y saludos improvisados; huele a la tierra después de la tormenta y como ella, nuestros ojos también ansían derramar sentimientos líquidos.

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